Cirugía

Estoy débil, muy débil. Es normal, después de lo que estoy soportando… Y todo empezó con una conversación con una amiga, tomando café, en la que me convenció de que fuera a algún cirujano plástico a quitarme las cartucheras.

Una semana después estaba yo en la consulta del doctor y tras diez días más, por el preoperatorio y esas cosas, entré en quirófano.

Adolfo, que así se llama el doctor, era una persona encantadora. Todo eran facilidades, todo eran palabras de ánimo…

La operación fue muy bien y allí nació una amistad con el doctor, ¿quién sabe si algo más? Lo cierto es que empezamos a salir. Primero por las tardes a tomar café, después a cenar…hasta que un día me invitó a su casa.

La casa era enorme aunque estaba algo aislada. La decoración, exquisita, moderna, con grandes espacios. Un enorme jardín  rodeaba la mansión, con árboles de muchos años. Decía haberla heredado de sus padres. Me la enseñó de cabo a rabo. Empezando por la buhardilla, fuimos bajando, una a una, las tres plantas, visitando todas las habitaciones, hasta que llegamos al sótano. Al llegar allí sólo recuerdo que me puso una gasa en la cara y quedé dormida.

Al despertar, estaba atada con unas gruesas correas a una mesa de quirófano. Todo me daba vueltas, pero cuando conseguí despejarme un poco me di cuenta de algo horrible: me faltaba una pierna. No me dolía, pero no estaba. Unos minutos después apareció Adolfo y con un lenguaje amabilísimo alabó ¡el sabor de mi carne! Decía que se había comido un filete de mi pierna y le había sabido a gloria.

Desde entonces estoy atada, bien a la mesa de quirófano, bien a una cama de hospital y sólo me da a comer ¡mi propia carne!, que, por otro lado, es lo que come él. A veces prepara un caldo con los huesos y lo bebe, dándomelo a beber también a mí. Al principio rechazaba lo que me daba, pero, poco a poco, pensé que o comía aquello o moriría de inanición, así que tuve que ceder a sus deseos.

No se cuanto tiempo llevo aquí, quizá varios meses. En ese periodo he sufrido tres nuevas operaciones. En cada una de ellas me ha desaparecido una extremidad. Tras cortármelas, las guarda en un arcón frigorífico que tengo a la vista en este mismo sótano. Luego, cuando corta los filetes o separa los huesos, lo hace en la misma mesa de quirófano donde soy desmembrada. Y de eso comemos los dos desde entonces.

Una nueva inquietud me esta teniendo muy desasosegada últimamente: ¿Qué va a ser lo siguiente que me va a cortar cuando se le acabe el brazo que guarda en la nevera?...Si al menos no me hubiera quitado las cartucheras…

Andrés Gandía Palau

Francisco de Goya Saturno devorando a su hijo 1819-1823

Saturno devorando a su hijo. Francisco de Goya